Laura
Pérez Marrero
Las Palmas de Gran Canaria, 1998
Lee mucho. Escribe menos. Piensa a menudo en escribir más, pero siempre termina leyendo
Bio
Es graduada en Biomedicina Básica y Experimental por la Universidad de Sevilla. Ha estado en proyectos de cooperación en Belice, Tanzania, Senegal y Gambia. Es Máster en Estudios Literarios y Teatrales por la Universidad de Granada y cursa allí actualmente el Grado en Literaturas Comparadas.
Poemas
Alguien intenta enseñarme algo de teoría literaria y yo no lo acabo de entender,
pero luego empiezo a entenderlo
I
El lenguaje es performativo
declara una señora
con la palabra rotunda y cavernosa
de la gente muy lista muy lista.
El lenguaje es performativo
ha dicho.
A mí me ha sonado bonito
y no he entendido casi nada.
Lo que quiero decir
—ha seguido como insinuando,
por nuestras caras redondas, nuestras caras afables,
por nuestra baba lenta cayendo sobre el papel
a las 8:35 de la mañana,
que somos completos idiotas—
es que el ser que puede ser comprendido es el lenguaje.
A veces las señoras muy listas
citan a otros señores muy listos
y entonces una vuelve irrevocablemente a no entender casi nada
pero piensa qué bonito suena
lo que se dice aunque no se entienda.
Y entran ganas de gritar
púrpuras pluvias plúmbeas
para que la boca de una no sea
la boca de una sino el temblor de tierra de una pisada,
el traqueteo de un motor viejo,
una pena violácea y tan densa como nuestra baba lenta.
El lenguaje genera un sentido desvinculado de la realidad.
No es un espejo del mundo, lo crea.
¡Lo crea!
Confiesa irritada la señora muy lista
muy lista mientras piensa que le pagan muy poco muy poco.
Aquí no hay diferencia entre decir y hacer
aquí decir es hacer aunque allá
hacer no sea necesariamente decir.
Y yo no entiendo casi nada, pero lo escribo.
II
No entiendo casi nada, pero lo escribo
y, oh, milagroso suceso a las 8:53
de un martes de marzo,
empiezo a entender.
Lo que no se dice no se piensa. Lo que no se piensa no está. Sin nombres propios no hay recuerdo. Sin recuerdo no hay pasado. Sin pasado, qué futuro. ¿El tiempo es del lenguaje?
Decir es hacer en el tiempo. Decir es hacer el tiempo.
Digo me he hecho mayor, ahora cojo aviones sola
y me ato los cordones y lloro y todo sola
y tengo llaves que no pierdo,
2.537 mensajes sin leer en el correo
y las dos tetas que les pedí un año a los reyes
y no me trajeron.
Ya no me cuesta cagar fuera de casa, ya no me da miedo la oscuridad
ni pensar en un día en el que mi madre esté muerta y yo siga viva.
No, no, ya no.
Digo ahora entiendo que el lenguaje es performativo.
Y casi podría parecer
que lo que entiendo aquí
porque lo escribo,
lo entiendo allí
donde las palabras no me salvan.
Las manos siempre dicen la verdad
Te busco con la alegría de las manos
pegajosas de la infancia.
Entonces teníamos las palmas abiertas repletas de cosas.
No de las cosas etéreas y sublimes de ahora,
sino de lo que se toca y pesa, lo del pan y el diente de leche.
Saliva, mocos, restos de puré de papas,
la tierra, lo que hubiera en ella.
Hierba recién cortada supurando verde,
una lombriz a la que curo
de un mal imaginario envolviéndola en papel,
un trozo de sandía chorreante, unas cacas de perro secas.
Sangre sobre costra en las rodillas, caída tras caída —saliva de nuevo, ahora ferrosa—,
sana sana culito de rana,
Una mano grande, una mano inmensa, la mía rodeando su meñique inabarcable.
La atención
total y viscosa
de las palmas nuevas a lo pequeño,
a lo que años después sabrá nombrarse
y dejará de verse.
Te toco como tocábamos
las cosas del pan y el diente de leche,
antes del verbo, antes de esto.